Un tsunami de innovación masiva podría permitir que nuestro país recuperase miles de empleos y frenase en seco el desplome de millones de salarios. Uno de los ejemplos a seguir es Corea del Sur, que ha desatado una estampida de 'unicornios', es decir, de pymes tecnológicas de reciente creación que han alcanzado en tiempo récord valoraciones iguales o superiores a los mil millones de dólares.



Las excusas para no competir con Silicon Valley abundan pero hay una que suele destacar por encima de las demás: nadie puede replicar su modelo fuera de la Bahía de San Francisco, lejos de la atenta mirada de Stanford y más lejos aún de los gigantes del capital riesgo y business angels que llenan sus cocktail parties con vistas al Golden Gate. ¿Y España? Por Dios, recuerdan muchos expertos, políticos y analistas todos los días, España menos que nadie.

En los últimos años, sin embargo, Corea del Sur en general y Seúl en particular han desatado una estampida de 'unicornios', es decir, de pymes tecnológicas de reciente creación que han alcanzado en tiempo récord valoraciones iguales o superiores a los mil millones de dólares. Kakao Talk ha doblegado a WhatsApp, Naver ha lanzado Line después de vencer a Google por goleada en su territorio y Coupang está poniendo en dificultades simultáneamente a Amazon y a Groupon. Algunas de las principales firmas de inversión de Estados Unidos como Sequoia Capital han empezado a financiar esta revolución e incluso han abierto sus primeras oficinas allí.

Muchos expertos, políticos y analistas tampoco creían que esto pudiera ocurrir en Corea del Sur, el país donde una educación fuertemente jerarquizada excluía la innovación o el pensamiento crítico de los estudiantes, donde los grandes conglomerados con amplias conexiones políticas absorbían el mejor talento y limitaban la competencia de cualquier emprendedor y donde tenía que ser el Estado, en definitiva, quien hiciese la veces del capital riesgo para animar a los jóvenes a lanzar empresas rompedoras. Por Dios, ¡si hasta los había intervenido el Fondo Monetario Internacional en 1997! No, allí nunca nacería un Silicon Valley…...Y sin embargo, allí es exactamente donde nació trece años después.

John Nahm, CEO de una firma de capital riesgo enclavada en Los Ángeles, siempre pensó que Corea del Sur merecía una segunda oportunidad. Por eso ha convertido desde 2008 Strong Ventures en uno de los principales puentes aéreos entre las fulgurantes pymes tecnológicas de su país y Silicon Valley. John pasó en Canarias toda su niñez y su adolescencia, el nombre de su empresa es un homenaje a Fuerteventura y confiesa que espera hacer lo mismo dentro de pocos años con los 'unicornios' españoles y latinoamericanos. España, recuerda, también puede aprovechar su segunda oportunidad siempre que aprenda del ejemplo de países como Israel o Corea del Sur. Ni la crisis financiera ni la llegada de la troika son un estigma para toda la vida. Tampoco son una excusa para no levantarse y volver a soñar.

Sin excusas

El Gobierno surcoreano ha tenido mucho que ver con ese ‘levantamiento’. Según Nathan Millard, director global del medio de comunicación especializado en startups BeSucess en Seúl, «hay que tener muy en cuenta que la administración ha destinado 3.700 millones de dólares a la economía creativa». Una de las tres principales partidas es el impulso de la figura y el prestigio del emprendedor por tierra, mar y aire.

La figura del emprendedor ha cambiado mucho en los últimos años. En entrevistas realizadas durante la última semana de octubre y la primera de noviembre en Seúl, jóvenes menores de 30 años reconocieron que empezaban a sentir una brecha generacional con sus padres, porque antes la mayoría aspiraban a convertirse en médicos, abogados, funcionarios o trabajadores de multinacionales y ahora eran cada vez más los que soñaban con lanzar o incorporarse a un proyecto innovador. Es una tendencia parecida a la de millones de españoles universitarios de su misma edad.

Dijeron que este cambio se debía sobre todo a que las grandes compañías habían perdido atractivo, porque ya no eran capaces ni de crear suficientes puestos de trabajo para ellos ni de garantizar un empleo para toda la vida a sus padres. Aunque el caso de España es más dramático por culpa de las altas cifras de paro, José Francisco Mora, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, recuerda que «muchos de nuestros estudiantes están apostando por emprender después de constatar que el contrato social por el que las grandes empresas iban a ofrecerles un sitio al terminar la carrera ya no existe». Al igual que alumnos como ellos de ingeniería en Pusan o Seúl, se han lanzado en tromba a crear startups tecnológicas con las que esperan revolucionar el mercado.

En Corea del Sur también ha jugado un papel clave el enorme poder inspirador de unos emprendedores locales que están lanzando propuestas revolucionarias y vendiéndolas, con gran fanfarria mediática, por auténticas fortunas: fue el caso de Viki, muy parecida a Hulu, cuando la compró Rakuten el año pasado por 200 millones de dólares sólo tres años después de empezara operar. Muchos expertos se preguntan por qué en nuestro país no ocurrió lo mismo cuando la propia Rakuten adquirió la barcelonesa Wuaki.tv, una espectacular plataforma para retrasmitir en vivo por Internet, en 2012.

El Gobierno surcoreano celebra generalmente el éxito y la inspiración que cosechan los emprendedores locales aunque le preocupa que casi todos estudiasen en el extranjero o se desarrollasen profesionalmente allí antes de triunfar en su tierra. Eso señala las limitaciones de un sistema educativo más exigente que el español pero que al igual que éste no ha incentivado tradicionalmente ni el pensamiento crítico, ni la innovación, ni la participación de unos alumnos que puedan desafiar con argumentos a sus profesores en las aulas. Nathan Millard recuerda que la segunda partida del dineral público que han canalizado las autoridades hacia la economía creativa ha sido «la apertura de centros de innovación con grandes universidades y empresas».

Educar en la discordia

Las universidades han pasado a jugar un papel fundamental y, muy especialmente, el llamado ‘MIT surcoreano’ también conocido como KAIST, la institución de la que salieron los fundadores de Naver, Kakao o el furioso 'unicornio' de los videojuegos NCSoft. Desde 2012, recuerda su rector Sung-Mo «Steve» Kang, han impulsado una considerable transformación en sus aulas que intenta incentivar el pensamiento crítico y la innovación.

Gracias a eso, advierte Kang, «el 30% de todas las clases que impartamos en 2017» tendrán muy pocos alumnos y estarán orientadas abiertamente a la investigación, la solución creativa de problemas y el debate. Como la internacionalización ha influido tanto en el éxito de sus estudiantes, KAIST ha lanzado una ambiciosa plataforma de intercambio y prácticas para sus estudiantes en Silicon Valley. Esta plataforma sirve también para ayudar a las startups de sus licenciados, que previamente se habrán beneficiado de un sofisticado servicio de incubadora y aceleradora dentro del campus, a captar fondos de capital riesgo internacionales y facilita, igualmente, su penetración en el mercado estadounidense con asesoramiento especializado y campañas de relaciones públicas.

La Universidad Politécnica de Valencia (UPV), que posee con una puntuación similar a la de KAIST en los rankings internacionales, está intentando lanzar iniciativas parecidas aunque no cuente ni con la lluvia de recursos que Seúl le ha proporcionado a su rival ni con la existencia de una ciudad de la ciencia llamada Daedeok Innopolis con 100 centros públicos de investigación y más de 1.000 centros privados que va a reforzarse aún más con la llegada al vecindario de un instituto de investigación básica mucho mayor que el del CSIC en 2017.

A pesar de eso, José Francisco Mora, el rector de la UPV, no es de los que se rinden. Por eso ha creado un diploma específico que los alumnos pueden recibir si se forman en materias como emprendimiento, liderazgo y trabajo en equipo. Al mismo tiempo, ha potenciado desde hace un año la existencia de un parque científico que hace las veces de aceleradora y donde se han instalado «institutos universitarios de investigación, departamentos de I+D de empresas, asociaciones de business angels y fondos de inversión y capital riesgo».

Por si fuera poco, Mora también ha impulsado «la creación de incubadoras en todas las escuelas de la universidad, el lanzamiento de joint-ventures entre la UPV y compañías privadas en ámbitos como el de la tecnología nuclear, la canalización de los esfuerzos de los alumnos hacia retos internacionales auspiciados, por ejemplo, por la NASA y la apertura dentro del campus de centros de trabajo y laboratorios gestionados muchas veces por los alumnos que se apuntan a esos retos». La respuesta ha sorprendido a los más optimistas y también a José Francisco: «Oye, ¿te puedes creer que los estudiantes nos piden que abramos por las noches y el fin de semana para seguir trabajando en sus proyectos?».

Follow de Money

Esa pasión desatada es la misma que han descubierto dos de las mayores aceleradoras de pymes de España. La primera, Lanzadera, propiedad del empresario Juan Roig y socia estratégica de la Universidad Politécnica de Valencia, ha seleccionado a 25 emprendedores de un total de 4.000 candidatos este año. Javier Jiménez, su director general, afirma que ofrecen «un préstamo a Euribor más cero de 200.000 euros para el que no piden garantías, asesoramiento, servicios de gestoría, nuestra red de contactos con las firmas de capital riesgo y business angels y formación en un modelo negocio de éxito contrastado como es del de Mercadona».

La idea de Wayra, la aceleradora financiada y amparada por Telefónica, es diferente. Para empezar, porque tiene sedes completamente interconectadas en 12 países. Además, advierte su director en España, Andrés Saborido, «formamos parte de un grupo multinacional con el que los emprendedores pueden colaborar y ganar tamaño, adquirimos un 10% del capital de las pymes y damos acceso a un enorme pool de financiación e inversores internacionales gracias a Amerigo».

Aunque Wayra y Lanzadera son por ahora un éxito, su potencia de fuego es mucho menor que la de los gigantes de la incubación y aceleración coreanos Maru 180, propiedad de una fundación afiliada a Hyundai con un presupuesto superior a los 70 millones de euros, y DCAMP, controlada por los 20 mayores bancos del país y con una dotación de casi 380 millones de euros.

Como recuerda la directora de Maru 180, Hee Yoon Lee, esos enormes presupuestos se ven acompañados además por los de algunas de las grandes firmas mundiales del capital riesgo que se instalan en sus oficinas y por el diluvio de dinero público que canaliza el Estado a través de un programa llamado TIPS, la tercera gran partida del paquete de iniciativas valoradas en 3.700 millones de dólares con las que el Gobierno espera revolucionar la economía creativa.

El TIPS, apunta el director global de BeSuccess Nathan Millard, «no es más que un programa de matching funds donde el Estado pone un dólar a condición de que el sector privado ponga siete o cinco según el caso». Entre bambalinas, la administración también está forzando a las grandes empresas a financiar el nacimiento de unas startups que algún día podrían competir directamente con ellas si no las adquieren primero. ¿Pero por qué obligarlas y por qué hacerlo mediante un sistema de matching funds en vez de volcar toneladas de liquidez pública desde los prodigiosos helicópteros del Ministerio de Industria?

El primer motivo es que, al igual para muchos emprendedores en Madrid o Barcelona, allí las grandes multinacionales locales se consideran unos negocios con tal tamaño y profundidad de conexiones políticas que hacen prácticamente imposible la competencia y muchas veces también cualquier innovación que ponga en peligro su dominio. El segundo motivo es que, como afirma Jordi Espluga, representante del Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial español en Corea del Sur, «perdieron miles de millones con un programa en el que el Estado invertía directamente sin contar con el sector privado y así comprendieron que necesitaban unos socios que les aportasen no sólo dinero sino también conocimientos». Acabaron, en definitiva, tan escarmentados como millones de españoles con el Plan E de José Luis Rodríguez Zapatero, que costó 13.000 millones de euros según el Tribunal de Cuentas.

Moderados en la frustración

A diferencia de lo que ocurre en nuestro país, el fracaso de aquel plan público y la influencia de los grandes conglomerados no ha vuelto a la gente ni contra las grandes empresas ni contra el Estado. Han optado por soluciones menos ideológicas y más prácticas. La administración ahora tiene en cuenta siempre al sector privado, sigue haciendo una inversión considerable en infraestructuras de telecomunicaciones críticas para los 'unicornios', intenta prevenir la corrupción de las subvenciones poniendo cortafuegos entre quienes analizan las pymes y quienes otorgan los fondos (en España es el mismo organismo) y ha liberalizado las regulaciones hasta el punto de que Corea del Sur se ha convertido en el quinto mercado del planeta donde es más fácil hacer negocios según el Banco Mundial (nuestro país ocupa el puesto número 33).

Sunny Kim, CEO para Europa de la multinacional de la mensajería instantánea Line (propiedad de la surcoreana Naver), cree que «España necesita el apoyo del Estado igual que lo necesitamos nosotros en su momento, porque alguien tiene que empezar a invertir y ayudar a las pymes nacionales». Kim gestionó durante años fondos de inversión dirigidos a startups prometedoras en Silicon Valley.

La influencia de los grandes conglomerados, aunque sigue siendo enorme, ha sufrido una fuerte erosión en los últimos años gracias a los generosos incentivos que han catapultado la inversión extranjera en las nueve zonas económicas especiales, a legislaciones que castigan las prácticas anticompetitivas (incluidas las de Naver) y a la emergencia de nuevos actores locales que son capaces de desafiar su poder. Al mismo tiempo, esos conglomerados, sobre todo industriales, siguen disfrutando de ventajas a la hora de instalar sus departamentos I+D y sus plantas de fabricación más punteras en el país donde nacieron. El Gobierno quiere aumentar la competencia y favorecer la emergencia de 'unicornios' pero sin cortar las alas de Samsung en medio de su batalla contra Apple o de Hyundai en su guerra particular con Toyota.

Rodrigo del Prado, director general adjunto de BQ, un fabricante español de móviles, memorias USB e impresoras 3D, sospecha los motivos: «Seguro que tienen tan claro como nosotros que donde más se fabrica es donde más se innova... Por eso España tiene que reindustrializarse para no perder el tren de la innovación esta vez». BQ, que facturó 115 millones de euros el año pasado, ha trasladado su planta de producción de USB en China a la Comunidad de Madrid.

Un momento Rodrigo, ¿reindustrializar un país en el que las factorías de automoción sufren ajustes permanentes, en el que los astilleros y los altos hornos se desplomaron hace años y en el que los gigantes textiles han optado por materializar sus diseños sobre todo en lugares como Marruecos o Bangladesh? Sí, responde, porque la revolución del software y el hardware es tal que empresas como la suya podrían conseguirlo. Es verdad que se necesitarían cientos de 'unicornios' como el suyo para hacer realidad un sueño como éste... Pero son los mismos que han empezado a criar masivamente Corea del Sur, los mismos que los expertos dijeron que nunca podrían nacer allí y los mismos que podrían emerger al galope del sacrificio, la creatividad y la ambición de los emprendedores españoles.

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