Un día están en el Annapurna y semanas después suben al escenario para hablar de gestión de crisis. Las empresas recurren a personajes que han vivido al límite: de alpinistas a víctimas de secuestros. Según Albert Bosch, aventurero, emprendedor y conferenciante, el público quiere reflexiones vividas, que le provoquen y que le hagan pasar un rato agradable.

 

Las lecciones de liderazgo y trabajo en equipo del capitán Phillips pueden ayudar a su organización a sobrevivir y progresar en unos momentos en que la esperanza y los apoyos brillan por su ausencia". Así presenta una agencia estadounidense a Richard Phillips, el capitán del buque Mærsk Alabama, secuestrado durante cuatro días en aguas del Índico por piratas somalíes y que ahora es un cotizado conferenciante. Cinco años después del suceso, Phillips es una celebridad en EE.UU. -su historia fue llevada al cine con Tom Hanks como protagonista-, y sus ponencias se pagan a más de 30.000 dólares (23.000 euros), apunta Daniel Romero Abreu, fundador de la firma de representación Thinking Heads. En época de crisis las experiencias extremas son las más fáciles de vender. Si alguien logra superar un cautiverio, subsistir en dramáticas condiciones tras un accidente aéreo, coronar las cimas más peligrosas..., el auditorio se pregunta: "¿Cómo no vamos a reflotar una empresa o a reinventarnos si perdemos el trabajo?".

Junto a psicólogos, políticos, gurús de la autoayuda o economistas emerge un perfil de conferenciante cuyo principal aval es que ha experimentado en primera persona lo que cuenta. "Estamos en un momento de cambios, la gente quiere escuchar ideas nuevas, menos teoría y más práctica, el que habla por boca de otros tiene menos demanda", cuenta Francisca Buján, presidenta de BCC Speakers Bureau, firma que se estrenó en 1992 trayendo a España a Margaret Thatcher. Entonces, este tipo de agencias era una rareza en España, pero un sector consolidado en el mundo anglosajón, donde el plantel de oradores que tienen es muy sofisticado.

Alpinistas, exploradores polares, navegantes o aventureros varios utilizan sus historias personales para motivar a una audiencia deprimida. Comerciales que no venden, expertos de marketing cuyas campañas fracasan, plantillas desencantadas... Araceli Segarra, la primera española que coronó el Everest (8.848 metros), en 1996, compara los problemas que inevitablemente surgen al ascender la cima más alta del mundo con el día a día de una empresa. "Cuento como la tragedia del Everest de 1996 (murieron trece personas) se convirtió en una crisis, cómo nos recuperamos y cómo logramos alcanzar la cumbre. Explico cómo pensar en positivo y evitar que no te afecte lo que sucede a tu alrededor", relata. Dos años después de su Everest, dio sus primeras conferencias, en Estados Unidos. Ahora está en una docena de agencias que la contratan para ofrecer charlas en Barcelona -sobre todo, a clientes internacionales que celebran en Catalunya sus convenciones-, Sudamérica, Europa y EE.UU.

Edurne Pasaban, que empleó nueve años de su vida en culminar los 14 ochomiles, está volcada actualmente en este tipo de actos. En las montañas de más de 8.000 metros de altura aprendió a desenvolverse en entornos inhóspitos, cambiantes e inciertos. Un panorama similar con el que topa actualmente la sociedad. "Lo que más me piden es abordar el tema de la motivación, el trabajo en equipo, la comunicación, el compromiso y saber valorar el talento de cada uno". Una facultad que a la hora de subir montañas le ha sido de gran utilidad es la intuición. "Hay que escuchar al instinto. En el 2001, en el Dhaulagiri, antes de llegar a la cima, muy cerca de donde falleció Juanjo Garra, lo vi complicado y me di la vuelta. Mi olfato me decía: 'Esto no huele bien'. Un compañero de mi equipo murió allí. En estos casos lo que hay que hacer al volver a casa es autocrítica, analizar por qué no me vi capaz de seguir".

"Estos oradores suben los ánimos a los departamentos de marketing o de ventas, son personas que han logrado retos muy importantes en situaciones límite, saben demostrar que si te caes en la montaña tienes que levantarte y dirigirte a la cima", opina Yolanda Urrea, directora de Speaker Team, con base en Besalú.

Obviamente, la crisis también ha alcanzado a este sector, y las tarifas han menguado. Urrea cuenta que hay conocidos personajes que antes no bajaban de los 10.000 euros por sesión de entre hora y hora y media y que ahora aceptan menos de la mitad. Bancos, laboratorios, fabricantes de coches, multinacionales tecnológicas o de los seguros exigen ponentes que puedan aportar nuevas visiones y que no vendan humo. Hay discursos que se repiten sin sonrojo y que ya están agotados. "Los directivos quieren algo diferente y, por ejemplo, el de las nuevas tecnologías es uno de los mundos que están de moda, personajes como Zuckerberg", reflexiona Francisca Buján.

Ahora, los precios oscilan entre los 2.000 y los 50.000 euros a la hora.

"Una regata de vuelta al mundo es una experiencia que comporta tomar decisiones rápidas y asumir riesgos, igual que en un negocio. La diferencia estriba en que si en el mar lo haces mal puedes morir; en el trabajo no te va la vida, pero sí tu futuro. En una carrera tienes muchas crisis y lo que debes hacer es buscar soluciones y evitar entrar en una espiral de negatividad. La parte más importante de mi discurso es la automotivación, en un barco no puedes dar marcha atrás, debes animarte y seguir", reflexiona Guillermo Altadill, que estos días está en Inglaterra preparando el barco con el que competirá en la Barcelona World Race. Altadill establece paralelismos entre culminar una travesía y emprender un proyecto. "Una regata implica lo mismo que montar una empresa: buscar inversor, en nuestro caso el patrocinador; crear un equipo; construir el barco y acabar la prueba, si puede ser ganando. Todo el proceso dura dos años y tiene un coste de entre dos y cinco millones de euros".

Reino Unido o EE.UU. tienen una larga tradición en este perfil de personas que un mes están en el Annapurna o atravesando la Antártida y al siguiente se suben al escenario para hablar de oportunidades y riesgos ante un selecto auditorio de ejecutivos. Una fórmulade lograr ingresos para sus próximas aventuras.


 

“Aprendí a ser rápido”

Las lecciones de Nando Parrado, superviviente de la tragedia de los Andes

Hasta el último día pensé que no sobreviviría, sentía miedo como si estuviera delante de un pelotón de fusilamiento... A cada instante pensaba que iba a morirme, de frío, de hambre, por una avalancha....”, cuenta por teléfono desde su despacho de Montevideo Nando Parrado, uno de los 16 supervivientes de la tragedia de los Andes de 1972 en la que murieron 29 personas, entre ellas su madre, una hermana y compañeros de su equipo de rugby. Han pasado casi 42 años desde que el avión en el que viajaba se estrellara en esa cordillera, en Argentina, pero no fue hasta 1998 cuando empezó a hablar en público del suceso, en una conferencia en México ante 1.200 personas.

“A partir de ese momento me empezaron a llamar de todo el mundo, de multinacionales y de universidades como Harvard, Columbia, Iese. Desde el accidente todo en la vida me ha parecido fácil porque, lamentablemente, puedo comparar. Lo que para unos es una decisión complicada para mí es sencillísima. La diferencia radica en que conozco mis límites”. “Quiero matizar –añade– que los aventureros que sobreviven a diferentes situaciones, en el mar, en la montaña, se han entrenado para estar allí, llevan el equipo necesario y, si las cosas salen mal, ellos eligieron ir allí. Pero yo no quería estar a 4.000 metros, tenía conocimiento cero, nos cogió por sorpresa, sin ropa, sin zapatos, sin comida. Y lo fascinante es que vencimos lo invencible sin medios”.

Los 16 supervivientes aguantaron 72 días cobijados en los restos del avión. Eran conscientes de que se había suspendido su búsqueda, que estaban condenados a morir. Pero se resistieron a abandonar. El estudiante de medicina Roberto Canessa propuso que se alimentaran con los cadáveres de las víctimas. Pasados dos meses, Parrado y Canessa emprendieron una travesía de once días por los Andes superando altitudes de 6.000 metros. “Allí aprendí a ser rápido, a tomar decisiones sin analizar demasiado. Cuando estaba a 6.000 metros vi que estaba en medio de la cordillera y en 30 segundos decidí seguir andando, no quedarme allí y morir. Comparado con esto, el mundo de la empresa es un juego”.

Viven (Libros de Vanguardia) relata esta odisea.

Parrado recibe unas 200 peticiones de conferencias al año aunque sólo puede atender entre 12 y 14. Cuenta al público que a los 20 años, después de ver morir a su madre y a una hermana, aprendió “a no aflojar aunque todo parezca perdido”.


 

EDURNE PASABAN

Esta alpinista de Tolosa, la primera mujer que ha alcanzado la cima de los 14 ochomiles, se ha volcado en el mundo de las conferencias, aunque afirma que para renovar su discurso deberá alimentarse de nuevas aventuras, quizás escalando montañas de 6.000 o 7.000 metros menos masificadas

ARACELI SEGARRA

Las conferencias también se han convertido en una de sus especialidades. Su Everest de 1996 le sirve como argumento para explicar que el pensamiento positivo es esencial para afrontar situaciones de crisis en la montaña o en la empresa. Sigue escalando y escribe libros, el último: Ni tan alto ni tan difícil


 

Inspirar desde la acción
Albert Bosch, aventurero, emprendedor y conferenciante.

El mundo está lleno de personas que lo saben todo sobre una determinada cosa, menos hacerla. Hablar de cosas interesantes, actitudes o metodologías determinadas está muy bien, pero demasiado a menudo se hace desde la teoría, sin que el comunicador haya experimentado realmente los conceptos que desarrolla. Y el público asistente a una conferencia quiere reflexiones vividas, que le inspiren, que le provoquen y que le hagan pasar un rato agradable, útil y singular. Si quieren fórmulas, datos o teorías, ya lo encontrarán en las escuelas, en los libros o en internet.

Por ello cada vez son más valoradas las conferencias inspiradas en hechos reales, en experiencias intensas o en circunstancias especiales de los protagonistas. Son más emotivas, más divertidas, más ejemplarizantes y, sobre todo, más creíbles.

Si explico los resultados de un estudio sobre cómo gestionan los riesgos los 200 mejores directivos de Estados Unidos, aportaré datos interesantes y el auditorio saldrá de la charla más informado. Pero si explico cómo afronté solo el paso de unas grietas enormes en el Polo Sur, o como sobrevivimos en el descenso del Everest con un compañero al límite de un edema cerebral, el público entenderá qué es gestionar el riesgo, lo incorporará a sus emociones y asimilará el ejemplo al concepto, aplicándolo a su propia actitud.

Usar ejemplos de mis aventuras me sirve como metáfora para poder compartir conceptos muy potentes y prácticos sobre algunos factores clave de la vida personal o profesional de la audiencia, en actitudes de liderazgo, gestión del cambio y la incertidumbre, motivación y superación hacia el objetivo, trabajo en equipo o enfoque del futuro.

Estamos saturados de información y tiene mucho valor invertir un rato de atención plena a un ponente; por ello, los que nos dedicamos a esto tenemos una gran responsabilidad con el público y con los que nos contratan. El objetivo de un conferenciante, más que informar o entretener, debería ser siempre impactar.

 

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