La desigualdad ha aumentado a niveles nunca antes vistos. Ante la pregunta de cómo son posibles unos sueldos tan desorbitados, el presidente de la Autoridad de Servicios Financieros (FSA) de Gran Bretaña, Adair Turner, desmiente que la teoría de que la desigualdad sea aceptable siempre y cuando contribuya a un mayor crecimiento.


El espectacular aumento en los últimos tiempos de la desigualdad ha alcanzado niveles verdaderamente victorianos. Pero, salvo algunas conocidas excepciones, los nuevos archimillonarios, lejos de aspirar a ingresar –y si no ellos, al menos sus hijos– en una clase social que podría denominarse alta burguesía ilustrada, se empeñan en recrearse en la más absoluta autocomplacencia del nuevo rico encantado de haberse conocido.

Si se tiene en cuenta que un club de fútbol es capaz de desembolsar cien millones de euros por un delantero, siendo el sueldo de este unos diez millones de euros de nada al año, no debería ser motivo de extrañeza que cobren un poquito más algunos codiciados altos ejecutivos. Pero sea cuál sea la actividad que desempeña el empleado de oro, la cuestión es: ¿por qué cobra tanto?

Por estas fechas, hace ahora un año, publicó Adair Turner, presidente desde el 2008 de la FSA de Gran Bretaña, Economics after the crisis (la economía después de la crisis), un opúsculo de apenas cien páginas basado en tres conferencias que impartió en el 2010 en la London School of Economics. Turner desmonta con admirable y devastadora concisión –aunque no libre de repeticiones– toda un serie de manoseadas teorías económicas; proeza, por otra parte, que logra guiñándole el ojo a Keynes.

Cuestiona la creencia casi universal de la necesidad de maximizar como sea el crecimiento del PIB per cápita, como asimismo la creación de mercados cada vez más desregularizados para conseguirlo. Y desmiente de forma tajante que la desigualdad sea aceptable siempre y cuando contribuya a un mayor crecimiento.

Echando mano de un libro de Roger Bootle, Turner distingue entre actividades creativas y las que son únicamente distributivas. Un habilidoso abogado que gana un pleito para su cliente obtiene una redistribución de dinero procedente del que ha perdido el caso, pero sin crear al mismo tiempo un mayor valor social. El inversor que apuesta bien gana a expensas del que lo hace mal. Si bien el trabajo de la mayoría es una combinación de los dos tipos de actividades mentados, en las sociedades más desarrolladas se corre el riesgo de favorecer la redistribución por encima de la creatividad.

El PIB mide la producción de mercado, sin tener en cuenta su calidad. Un estudio llevado a cabo en el Reino Unido ha demostrado que entre 1973 y el 2009 creció de forma constante el PIB per cápita, pero sin que hubiera un aumento de life satisfaction (satisfacción vital). No hace falta un sesudo estudio para comprobar que algunos de los países más felices son precisamente los más pobres: sólo hay que viajar un poco. O recordar lo feliz que era uno sin blanca durante sus años estudiantiles, por no hablar de los primeros empleos con exiguos sueldos.

Con todo, el estudio establece que, por lo general, en el Reino Unido los ricos son más felices que los pobres. Pero, como señala Turner, se genera cierta insatisfacción cuando se sobrepasa un determinado nivel de ingresos. Los muy ricos, por mucho que se disfracen de pobres, sienten una irrefrenable necesidad de rodearse de artículos de lujo que consideran les proporcionan estatus. A partir de este punto, es fácil convertirse en un insatisfecho comprador compulsivo.

Por otra parte, están los positional goods, los bienes que proporcionan prestigio, verbigracia, una mansión sita en un lugar exclusivo o un jet privado. ¿Quién puede permitirse semejantes lujos? Pues gente como Gareth Bale o sir Mick Jagger, que muy probablemente aún anda en busca de esa esquiva satisfacción de la que lleva medio siglo cantando.

Actores, cantantes y deportistas de élite son la nueva aristocracia. Viven en castillos y palacios, se codean con jefes de Estado y siempre se las apañan para pagar menos impuestos que los demás mortales. Sharon Stone o Bono (el cantante) se mueven por el Foro de Davos como Pedro por su casa. Así las cosas, ¿por qué iba a cobrar menos que estas estrellas un consejero delegado o un banquero? Tan fuerte es el anhelo de pertenecer, ya no tan sólo a ese 1% de superricos, sino al mítico 0,1% en la cumbre, donde ya no hay ni límites ni reglas ni escrúpulos que valgan.

La tecnología y la globalización son los dos pilares sobre los que descansan las nuevas fortunas. Turner cita a J.K. Rowling y a David Beckham como ejemplos de los mayores beneficiarios de este lucrativo fenómeno mundial, junto con los inventores de marcas que arrasan tanto en Berlín como en Bombay. Pero sólo para a continuación añadir esta advertencia: “Cuanto mayor sea el porcentaje del consumo de mercancías y servicios que optiman el estilo, el ambiente y las marcas, tanto mayor será el aumento natural de la inigualdad en lo más alto de su distribución”. Y es así sobre todo en las actividades distributivas, más que en las creativas.

La razón por la que un abogado de renombre gana mucho más que un científico o que algunos brókers cobran verdaderas fortunas es porque el impacto económico distributivo –hasta qué punto han enriquecido su empresa a expensas de otros– queda a la vista y es fácil de cuantificar. Lo de menos es el hecho de que lo logren minando el mercado con pasivos tóxicos que explotarán en fecha desconocida. Dada la creciente importancia para la economía del sector financiero y sus actividades distributivas, por mucho que controladores como Turner insistan en la necesidad de limitar esta tendencia, es improbable que los más hábiles o listos dejen de ganar cada vez más.

El mundo de las finanzas y la banca ha ido abandonando las inversiones para dedicarse en cuerpo y alma a la pura especulación. Con los correspondientes riesgos. Pero no para ellos, que casi siempre se van de rositas, sino para los clientes a los que han engañado.

 



Cómo minimizar la desigualdad

Si no se equivoca Adair Turner, presidente de la Autoridad de Servicios Financieros (FSA) de Gran Bretaña, el empeño de los economistas en maximizar el crecimiento del producto interior bruto (PIB) es un error. Es preferible crear una economía estable que minimice la desigualdad y las dramáticas caídas como las de 1997 o la del 2008. Tarea difícil dado que la tecnología y la globalización son fuerzas que incrementan de forma exponencial la riqueza de un 1%, a expensas de los demás.

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