Antonio Agandoña, profesor del IESE: "Los parados, ¿lo están por su culpa, porque no están a la altura del reto? Es probable que esto sea así en algunos casos, pero pienso que es, sobre todo, porque tenemos un mercado de trabajo que parece especialmente preparado para hacer difícil la colocación."


La gente que tiene problemas, ¿los tiene por su culpa? A veces sí y a veces no, claro. Cada vez más, nuestra sociedad tiene tendencia a quitarse la culpabilidad de encima: si estamos gordos, nos dicen, es por culpa de los restaurantes de comida rápida, aunque nosotros entremos en ellos libremente y elijamos las hamburguesas con más grasa. Esperamos que otros tomen por nuestra cuenta esas decisiones que nos resultan difíciles de tomar porque contrarían nuestras preferencias. O sea: aunque otros tengan alguna responsabilidad en nuestros problemas, la mayoría de las veces la culpa es nuestra.

Pero a veces solo en parte. Pensemos en los trabajadores de nuestro país. Como regla general, tienen una buena productividad, son eficientes, leales, bien preparados¿ Supongo que el lector está repasando mentalmente la lista de parientes, colegas y conocidos que dejan mucho que desear en lo laboral. Vale. Pero ¿habríamos llegado a nuestro nivel de vida con una mano de obra improductiva? ¿Habrían conseguido nuestros exportadores la presencia que tienen en los mercados exteriores sin la calidad, el servicio y la eficiencia que ofrecen nuestros empleados?

Y esto viene de antiguo. Los españoles que emigraron en los años 50 y 60 estaban mucho peor preparados que nosotros, pero se ganaron una buena fama en la industria centroeuropea, al igual que lo están consiguiendo ahora sus nietos cuando emigran. Y si el producto por empleado alemán es mayor que el nuestro se debe a que tienen a su disposición equipos y tecnologías más avanzados u organizaciones más eficientes.

Todo esto es un rodeo para llegar a la pregunta que quería hacerme: los parados, ¿lo están por su culpa, porque no están a la altura del reto? Es probable que esto sea así en algunos casos, pero pienso que es, sobre todo, porque tenemos un mercado de trabajo que parece especialmente preparado para hacer difícil la colocación de los parados y para mantenerlos en su puesto en los altibajos de su vida profesional.

A pesar de las últimas reformas, nuestro mercado sigue penalizando la contratación, y eso es, sobre todo, lo que explica nuestra elevada tasa de desempleo. Las recientes propuestas para contratar a jóvenes proponen reducir los costes de contratación, especialmente las cotizaciones sociales. Pero ¿es esta la causa del problema? No en un país en el que, cuando la demanda de trabajo estaba lanzada y necesitábamos a los inmigrantes, casi el 9% de los empleados potenciales que -decían- buscaban trabajo no lo encontraban.

Ya he mencionado otras veces la historia de un conocido mío a quien su padre aconsejó, allá por los primeros años 80, que programase el crecimiento de su empresa con máquinas, no con hombres. Y esta sigue siendo hoy la actitud de muchos empresarios, a pesar de que reconocen, como ya he dicho, que tenemos una mano de obra cualificada, dedicada, capaz de hacer un esfuerzo cuando se lo piden y de ofrecer los rendimientos y la calidad que exigen los mercados internacionales. No es un problema, pues, de oferta defectuosa.

Ni es, como afirman los sindicatos, un problema de falta de demanda: algunas medidas de fomento de la actividad vendrían bien, pero de poco servirían si continuamos teniendo un modelo laboral que frena la contratación y, por tanto, discrimina a los más débiles: los jóvenes, los no cualificados y los parados de larga duración. Y que divide a la clase trabajadora en dos categorías, los que tienen contrato indefinido y los demás, condenando a estos a largos periodos de desempleo, saltando de un empleo precario a otro, sin oportunidades de formación.

De un mercado de trabajo no ya perfecto, sino aceptable, esperamos que permita ajustar los flujos de oferta y demanda con rapidez y eficiencia, de modo que todo el que desee un puesto de trabajo lo encuentre (quizá no ese puesto con el que soñaba, ni con el salario que le gustaría tener, pero sí al menos un puesto digno que le ofrezca un futuro aceptable) y que haya muchos que estén dispuestos a buscarlo, porque así es como participarán en el crecimiento del país; que todo el que pierda su empleo pueda encontrar otro, suficientemente bueno, en un tiempo prudencial.

Está claro que nuestro mercado de trabajo está muy lejos de ese objetivo. Ahora podemos dedicar un rato a criticar a los economistas, vilipendiar a los banqueros, censurar al Gobierno, maldecir a los empresarios o echar piedras contra la Unión Europea. Pero todo esto será una pérdida de tiempo si no conseguimos que se traduzca en una reforma laboral que tenga, como premisa principal, la que he puesto más arriba: favorecer la contratación de todos, jóvenes y mayores, cualificados o no, con contratos dignos, sostenibles y -muy importante- flexibles ante las contingencias que vendrán.

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