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Josep Oliver Alonso, Catedrático de Economía Aplicada de la UAB: "Aunque hasta hoy los negativos efectos de esa hecatombe juvenil sobre el mercado laboral todavía no se dejen sentir, el hundimiento de esa cohorte va a dejar un poso de falta de innovación en las empresas, junto a un vacío irreemplazable en la ocupación."


El mercado de trabajo en España está de enhorabuena. Los datos del tercer trimestre han sido excelentes, con un aumento anual de la ocupación del 3,1% que, traducido a valores absolutos (536.000 empleos), es el mejor registro desde el 2007. El paro, por su parte, ha descendido con fuerza en relación al mismo trimestre del 2014 (-576.000). ¿Está ya superada la crisis, pues? Responder a esta pregunta exige clarificar la solidez de la nueva ocupación, que ofrece luces y sombras.

Luces, porque el empleo industrial continúa aumentando con fuerza (3,8%); también porque la ocupación de los servicios privados aumenta con intensidad (2,6%); porque los individuos con bajo nivel de estudios, o en puestos de trabajo de baja cualificación, se añaden por vez primera a la recuperación; porque el empleo inmigrante es el que más aumenta; o, finalmente, porque es el empleo asalariado, y no el de autónomos, el motor de la mejora.

Las sombras las proyectan tanto la súbita frenada del aumento de la ocupación industrial (desde el 6,3% del primer semestre) como el excesivo aporte de la construcción (ha generado más del 11% del aumento del empleo); tampoco tranquiliza que los servicios públicos hayan crecido al mismo ritmo que los privados. Tengo el convencimiento de que, una vez pasado el periodo electoral, ni unos ni otros van a contribuir a la recuperación como lo han hecho este último año. Entonces nos quedará el núcleo duro de la generación de nueva ocupación, la industria y los servicios privados. Finalmente, tampoco son buenas noticias que dos de las características que más crecen el último año sean los contratos temporales y la jornada parcial, rompiendo la tendencia anterior.

Si en el ámbito del empleo el vaso está medio lleno, sucede lo mismo con el paro. Porque su fuerte descenso en el último trimestre recoge, junto al avance ocupacional, la inexorable caída de los activos que, en el año que finalizó en septiembre deñ 2015, se redujeron en 40.000. ¿Qué sucede con la actividad de la población? Responder a esta pregunta remite, en parte, al empleo juvenil. Porque esta modesta contracción de activos es el resultante de una severa caída de aquellos de 16 a 34 años (del -4,0% y -280.000 menos en el último año) y un aumento, también relevante, de los de 35 y más años (del 1,5%, unos 240.000 adicionales).

¿Por qué este retroceso de la actividad de los jóvenes? En primer lugar, por factores estrictamente demográficos. Pero, en segundo término, por la dureza de su mercado de trabajo: para aquellos con edades menores a 35 años, la ocupación todavía continúa cayendo (-0,2%), una contracción que se inició en el 2007 y que no ha finalizado. Lógicamente, los pésimos resultados en empleo juvenil se encuentran parcialmente tras ese hundimiento de los activos menores de 35 años. Ante la dureza de un mercado laboral que no los incluye, los jóvenes han reaccionado de todas las formas posibles. Abandonando el país, algo que es especialmente perceptible en los inmigrantes; ampliando estudios y saliendo de la actividad o convirtiéndose en ninis involuntarios (ni tienen trabajo ni lo buscan).

La pérdida de activos jóvenes muestra una tendencia que, si se acumula desde el tercer trimestre del 2010, arroja un resultado muy inquietante: en los últimos cinco años, la población activa de 16 a 34 años se ha hundido más del 22%, desde los 8,6 a los 6,7 millones. En cambio, los de 35 a 64 años no han hecho más que aumentar, desde 14,7 a 16,0 millones en el mismo período (un 8,8% adicional). En suma, una población activa que, además de reducirse, envejece a ojos vista. Mal asunto para el futuro de nuestro mercado laboral.

Pero, junto a las decisiones de los jóvenes, el hundimiento de sus activos se explica, en especial, por las pérdidas de población de ese colectivo: entre el tercer trimestre del 2010 y el del 2015, la población de 16 a 34 años han caído desde los 11,7 a los 9,7 millones, una pérdida próxima al 17%. Los efectos en el medio plazo de esa punción poblacional se van a dejar sentir de forma severa. Anticipo nuevos arribos de inmigrantes si la recuperación se consolida razonablemente. Pero ojo con fiarlo todo a la inmigración. Los costes, sociales y económicos de su integración no son menores. Deberíamos, de una vez por todas, poner la natalidad y el apoyo a las familias en el centro de las políticas públicas. Pero parece que eso, políticas de soporte efectivo a las familias, es algo que no se estila por estas latitudes. Aunque hasta hoy los negativos efectos de esa hecatombe juvenil sobre el mercado laboral todavía no se dejen sentir, el hundimiento de esa cohorte va a dejar un poso de falta de innovación en las empresas, junto a un vacío irreemplazable en la ocupación. Lo dicho. Pan para hoy y hambre para mañana.

Catedrático de Economía Aplicada (UAB).

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