Notícies de les organitzacions associades

Aquest és l'espai dedicat a les notícies relacionades o que generen les organitzacions associades a la Fundació Factor Humà

Guillem López Casasnovas, Catedrático de Economía en la Universitat Pompeu Fabra: "El hecho de ser mayor ya no nos indica la fragilidad social que en el pasado apuntaba, tanto por la desigualdad que encubren sus indicadores medios como por su dispar evolución respecto del resto, y de los más jóvenes en particular."

 

Reformar el estado del bienestar, hoy un edificio no concluido y afectado en algunas partes de aluminosis, no es tarea sencilla. Hace falta comprobar consistencias, levantar planos y ponerse a pie de obra. De entre las cosas que hay que afianzar del gran pacto que lo creó, encontramos sin duda los descosidos que crea el mercado de trabajo en el bienestar de las generaciones de jóvenes y personas mayores. Los que afortunadamente llegan a los 65 años, tienen cada vez más esperanza de vida a partir de esta edad, sus niveles formativos son más altos y cada vez son más relevantes políticamente como votantes decisivos en las elecciones. La otra cara son los jóvenes precarios, ni-nis, con poco interés en la política tradicional, con un mercado de trabajo que ya ni respeta casi las primas de formación. Sufren la inercia de las políticas universalistas de contingencias que a ellos los afectan menos (sanidad, servicios sociales) o de derechos que se han devengado en el pasado y que permiten cambios sólo a largo plazo. Eso orienta el gasto social hacia el colectivo de los mayores, y sustituye o presiona, a presupuesto neutral, muchas otras políticas para los más jóvenes 'que pueden esperar'.

Pero la realidad es que empieza a haber acuerdo en que hay que reequilibrar las políticas si ponemos la brújula de la justicia generacional, contra la carga de la deuda y falta de oportunidades laborales de casi toda una generación. Y es que la foto de las necesidades relativas ha variado. De hecho, entre los años 2007 y 2011, último dato disponible, el riesgo de pobreza de nuestros jubilados ha disminuido seis puntos (del 25.5 en el 19.2%), precisamente lo que ha subido para la mayoría. La encuesta financiera de las familias (EFF), del 2005 al 2011, nos dice que el número de jóvenes de menos de 35 años que son cabezas de familia en hogares independientes ha bajado del 16 al 10.5%. A la vez, la riqueza, neta de deuda, de los hogares ha bajado un 25% hasta los 153.000 euros actuales, mientras que la de los jubilados justo lo ha hecho un 6%. Pero atentos, que en términos de medias, y no de medianas, la riqueza ha aumentado para nuestros jubilados de 283.000 en el 2005 a 328.000 euros en el 2011 (mientras la de los inactivos y parados bajaba de 126.000 a 101.000 euros), síntoma inequívoco de la mayor desigualdad de la distribución de la riqueza neta de los nuestros mayores.

La vivienda, según el EFF también, está concentrada entre los mayores. Comparando sólo los que tienen propiedades, entre los jubilados y los otros grupos, se detectan en los primeros, valores que doblan al resto, mostrando así un potencial importante de anualidades e hipotecas inversas, o para el impuesto de sucesiones en su caso, como complemento o financiación de la actual, pongamos por caso, incompleta ley de dependencia.

En definitiva, el hecho de ser mayor ya no nos indica la fragilidad social que en el pasado apuntaba, tanto por la desigualdad que encubren sus indicadores medios como por su dispar evolución respecto del resto, y de los más jóvenes en particular. Está claro que las políticas públicas se tienen que hacer desde las variancias, con las colas de la distribución y no con medias o medianas. Eso quiere decir que no se puede ser universalista sin adecuar, proporcionar, los medios a los objetivos; es decir sin priorizar. El universalismo es más conveniente para el político ya que priorizar todavía es visto por la sociedad como una forma de discriminación; también es más cómodo para el gestor, quien ni tiene que instrumentar la prueba de medios ni de necesidades. Pero no hacerlo hace perder foco redistributivo y erosiona todavía más las contabilidades generacionales.

La fuerza de nuestras personas mayores es su compromiso social. Su tiempo dedicado a niños y a la acción comunitaria, aun no retribuida, tiene un valor social que no podemos ignorar, para incorporarlo definitivamente a las transferencias intergeneracionales. Para aquellos, por lo menos, que acepten estos compromisos.

Hacer las cosas diferentes tiene que permitir hacerlas mejor. ¿Sabrá Catalunya hacerlas mejor?


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