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Según el estudio El déficit de natalidad en Europa coordinado por Gosta Esping-Andersen, catedrático de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (Icrea) de la Universitat Pompeu Fabra, y editado por la Obra Social "la Caixa", muchos padres se centran en exclusiva en el trabajo por el miedo atroz a perderlo, volviendo así a aquellos tiempos en que los padres ejercían como tales los fines de semana.


¡Cuántos avances sociales conseguidos en las últimas décadas se están quedando en el tintero a consecuencia de la crisis! Paralizaciones o retrocesos que pueden tener consecuencias económicas importantes. Un caso claro es el tema de la natalidad en España y la implicación de los padres en la crianza de sus hijos. Tras años de modificaciones importantes en las relaciones de género en el entorno familiar, con la aparición de un reducido (pero con tendencia a extenderse) número de padres comprometidos con su paternidad, la crisis económica está obligando a muchos varones a renunciar a compartir esa tarea con la madre para centrarse en exclusiva en el trabajo por el miedo atroz a perderlo. Se vuelve, de nuevo, a aquellos tiempos en los que los padres ejercían como tales los fines de semana.

Así lo pone de manifiesto el estudio El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español, coordinado por Gosta Esping-Andersen, catedrático de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (Icrea) de la Universitat Pompeu Fabra, y editado por la Obra Social "la Caixa", que analiza la dramática situación de la natalidad en España, sus causas y sus consecuencias futuras para el país.

El estudio también se centra en la figura del padre, apuntando que pese a los deseos de comprometerse con el cuidado del hijo, la realidad es que la pésima situación del mercado laboral conduce a muchos a hombres a reducir su presencia doméstica a favor del trabajo, dejando la responsabilidad a la mujer, más dispuesta a reducir su jornada laboral para tal fin. Las doctoras en Sociología Marta Domínguez y M.ª José González y la investigadora Francesca Lupi, tras entrevistar a 68 hombres que esperan su primer hijo, revelan que el deseo mayoritario de los mismos es “escapar del tradicional modelo de familia del varón sustentador”, ausente por la necesidad de mantener a su prole. Sin embargo, “muchos hombres ven difícil encontrar tiempo para estar con sus hijos” amparándose en la inestabilidad laboral y en las necesidad de prolongar las ya de por sí largas jornadas de trabajo.

Hombres que no quieren parecerse a sus padres pero que sin embargo, vuelven a reproducir sus actitudes. Porque en esos casos, son las mujeres las que han de renunciar a su proyección laboral y reducir sus jornadas o flexibilizarlas. Porque para que el hombre mantenga su jornada laboral, estas modifican la suya, haciendo de nuevo la crianza una cuestión exclusivamente femenina, señala esta investigación.

El hecho de que sea la mujer la que disponga de más derechos –y que estos estén afianzados en el mudo laboral– frente al hombre, otorga a la madre la obligación de ser ella la que se ausente del trabajo o modifique su jornada, mientras el hombre entiende que no tiene derecho a modificar la suya. A juicio de las investigadoras es preciso abordar la cultura laboral tradicional y las normas de género que actualmente otorgan diferentes derechos, deberes, responsabilidades y estatus a la paternidad y a la maternidad.

La regresión de los avances en la igualdad de género, sin embargo, no favorecerá la fecundidad ya que, según el trabajo coordinado por Esping-Andersen, la natalidad aumenta en aquellos países en los que la implicación de padres y madres es mayor (caso de los países escandinavos). No favorecer esta implicación por parte de las autoridades competentes, aboca a un futuro demoledor desde el punto de vista demográfico y, por supuesto económico.

Las proyecciones realizadas por el INE sobre la población española en la década 2013-2023 dejan claro que el número de nacimientos seguirá reduciéndose en los próximos años, continuando la tendencia iniciada en el 2009. Así, entre el 2013 y el 2022 nacerán en torno a 3,9 millones de niños, un 17,1% menos que en la década pasada. En 10 años, se calcula que la cifra anual de nacimientos habrá descendido hasta 339.805, un 24,9% menos que en el 2012. Según las estimaciones del INE, el descenso de la natalidad provocará que en una década habrá un millón menos de niños de hasta 10 años que en la actualidad.

Esto tiene efectos nefastos que se resumen en la reducción total de la población. Según Esping-Andersen, si una sociedad mantiene una tasa de fecundidad de 1,9 hijos por mujer (España, ahora tiene 1.34), su población final al final de este siglo se habrá reducido en un 15%.

“Pero si una sociedad se encalla en una tasa inferior, es decir, de menos de 1,4 hijos por mujer, al final de siglo su población total será apenas un 25% del tamaño actual”. España ejemplifica esta fecundidad muy baja y de persistir, en el año 2100 tendrá “una población de tan sólo 10-15 millones de personas (estas previsiones no tienen en cuenta la inmigración o emigración)”, indica el catedrático de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (Icrea).

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